Así, de pronto, con legañas hasta en la voz, no tengo nada que escribir.
Con un pulmón menos, ando algo desequilibrado, sí, pero eso no me dá ningún derecho a utilizar de nuevo las frases para recuperarme.
Así, con la necesidad matutina de engancharme con fuerza al bolígrafo y cubrirme con el papel, pero sin nada en especial que escribir.
Quizá podría confesar en voz bajita, o letra pequeñita, que me siento un poco triste porque vuelvo a estar solo.
Vuelvo a sentirme desterrado de aquel lugar reservado sólo para mí, donde la carcajada y el llanto logran un estado de total sinceridad.
Donde podría morir a cada minuto un poco sin preocuparme de que un día, por sorpresa para mí y para todos, muera del todo.
Esto es lo que me he ganado a pulso.
Mi desorientación me provoca montar la tienda de campaña alrededor de la naturaleza más quemada.
Pero no estoy tan triste como para apoyar la cabeza sobre las manos.
No estoy tan roto como para exigir que alguien acaricie mi mejilla y así averigüe si está húmeda o sólo cansada.
No estoy tan loco como para tomarme en serio los capítulos silenciosos de mi vida.
En definitiva, no estoy hecho para llorar.
Tengo mis armas, mis calmantes y mis murallas.
Y sobre todo cuento con una imaginación que me aleja diez mil países de mí, y me sitúa donde nadie habla mi idioma y pasas desapercibido sintiéndote tan (tonto) solo (tonto).
miércoles, 19 de diciembre de 2007
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